Sigo con la galería de mujeres espectaculares que vivieron en la Edad Media y a quienes la historia ha ignorado. Leonor de Aquitania fue un faro de luz y el centro de muchas polémicas, pero hubo otras que pasaron inadvertidas pese a su gran categoría intelectual y humana. Algunas mujeres tenían un íntimo contacto con la cultura y a ella se dedicaban: eran las monjas. En sus monasterios, pese a que la historia sólo adjudica el mérito a los varones, trabajaban en sus vastas bibliotecas y copiaban códices que protegían la cultura de su destrucción, en años tan revueltos. Pero también algunas que vivían los avatares y conflictos de la sociedad civil llamaron la atención por su cultura.
Dhuoda vive en el siglo IX y no se parece en nada a Leonor de Aquitania. Es una joven de salud frágil y delicada, lo que no le ha impedido recibir una instrucción notable. Conoce muy bien la Biblia y los textos de los Padres de la Iglesia, así como los eixemplos, farsas y fabliaux de su época. Su afición por las matemáticas, el griego y el latín le va a resultar muy útil. Pero no es una intelectual ajena a las actividades de una mujer de mundo. Es activa, observadora, le gusta jugar a las damas y siente una curiosidad especial por la orfebrería, le fascina el arte del joyero cuando funde, lamina y trabaja el oro.
Para su marido, Bernardo de Septimania, ella fue una verdadera joya. Ambos se vieron envueltos en los turbulentos conflictos entre los nietos de Carlomagno, a quien Dhuoda conoció. Carlos el Calvo, Luis el Germánico, Lotario y Pipino de Aquitania se disputan el imperio carolingio. Entretanto, ella redacta un "Manual para mi hijo" en el que vuelca todo lo que, a su entender, ha de conocer un joven noble. Lo redacta en latín, simultaneando la prosa y el verso. Porque Dhuoda ya tiene dos niños: Guillermo y Bernardo, y desea, sobre todas las cosas, que sean cultos y honrados, y que lleven con honor el noble apellido de la familia. Ella reivindica el derecho a educar a sus hijos. Su argumento es el siguiente: ¿quién mejor que una madre, que ha llevado a su hijo nueve meses en su vientre, le ha parido con dolor y le ha amamantado, puede comprender y encaminar a un niño?
Anécdotas, narraciones con moraleja, enigmas, acrósticos, “memorialines” matemáticos para enseñar a contar, consejos apoyados en textos bíblicos y patrísticos, citas de clásicos grecolatinos y de autores actuales... Todo un mundo cultural del medievo en manos del pequeño Guillermo. La maestra se muestra tierna y respetuosa con su joven alumno (“Te ruego y te sugiero...·, “Te exhorto, hijo mío...”) y los consejos tienen un tono sorprendentemente positivo: “Ama a Dios, ama a tu hermano menor, ama a tu padre (...) ama y te amarán”. Le recomienda a los peregrinos, huérfanos, viudas y gentes sin recursos: “Mantente dispuesto a actuar para aliviarlos”. Una cosa la alegra sobremanera y es sentirse dos veces madre de sus hijos: madre por haberles dado la vida del cuerpo y madre por haberse involucrado en la maravillosa tarea de abrir sus mentes y sus corazones.
Pero las cosas se complican. Tras el nacimiento de Bernardo, la salud de Dhuoda se resiente y ya no puede seguir a su marido en sus constantes desplazamientos. Se queda sola en Uzés, señora en su feudo, regentándolo y defendiéndolo. Para resistir el sitio de la marca de Gotia, se endeuda gravemente con banqueros cristianos y judíos, a los que va pagando con no pocos sufrimientos. El adolescente Guillermo está “encomendado” al rey Carlos, es decir, es su rehén. El pequeño Bernardo ha partido con su padre, que cree así poder protegerle mejor de los peligros que acechan a la familia. En Toulouse, en el año 884, los avatares políticos conducen al cadalso a Bernardo de Septimania. El dolor de Dhuoda no tiene consuelo cuando también el joven Guillermo, de 23 años, es decapitado por alta traición.
No se conoce cuál fue el final de la vida de esta mujer singular. La historia sí recoge datos sobre su hijo menor, el pequeño superviviente. Se trata de Bernardo Plantevelue, padre de Guillermo el Piadoso, quien en el año 910 fundó uno de los mayores focos culturales europeos: el monasterio de Cluny. Si el "Manual para mi hijo" no condujo a la felicidad y la honra a su primogénito, el nieto superó con creces los objetivos que había planteado la abuela. Así encontró su mejor culminación el primer tratado de educación escrito en Francia.
Sin embargo, en los manuales franceses, sólo se cita como pioneros a Rabelais y a Montaigne. Regine Pernaud, la historiadora que aporta los datos biográficos sobre Dhuoda, se pregunta por qué ha sido olvidada. Y vosotros ¿qué creéis?